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Historia del Municipio

Fecha de Publicación: 23/12/2016

 

 

Historia del Municipio

 

¿Cómo se cuenta la Historia de un país? A veces pensar el pasado equivale a enumerar grandes acontecimientos, momentos heroicos congelados en bronce. Pero todos esos grandes procesos pueden ser entendidos también como la suma de pequeñas experiencias que los componen. Reducimos la escala y nos damos cuenta de que la vida de una comunidad a través del tiempo condensa en su interior los rasgos más significativos de la identidad de una Nación. Una comunidad que se convierte en la llave para adentrarse en el pasado argentino. En ese sentido Avellaneda no es un municipio más: ha sido escenario de procesos históricos trascendentes, fuente de trabajo industrial, nuevo hogar de migrantes. Cada ruptura histórica, cada momento de cambio político y económico del país, tuvo un efecto palpable en Avellaneda. Mirando esos efectos reconstruimos la trama, recuperamos los significados de la Historia en nuestras vidas.

Los inicios

Un comienzo posible: 1580, Segunda Fundación de Buenos Aires. Después de aquel intento fallido de Pedro de Mendoza por instalarse en tierras americanas desconociendo la existencia de pueblos querandíes en el área bonaerense, Juan de Garay se asienta en un perímetro recortado de quince cuadras, con epicentro en la que hoy es Plaza de Mayo.

Será el propio Garay quien le adjudique a comienzos del siglo XVII una chacra a Don Juan Ortiz de Mendoza, en el lugar donde luego se formaría el pueblo de Barracas al Sud. ¿Qué eran estas “barracas” a las que referiría el nombre? Mientras a lo largo de la actual avenida Mitre tomaba forma el Camino Real al Sud –esa tierra apisonada por el paso de las tropas de ganado-, el Riachuelo comenzaba a ser testigo de la formación de las barracas, construcciones precarias para almacenar cueros y otros productos comercializables. Mientras duró el comercio de esclavos, también en el Riachuelo y cerca del actual Parque Lezama, funcionaban las barracas en donde los esclavos traídos desde África eran “albergados” hasta su venta.

La cercanía al puerto y al Camino Real convertía a la zona en una intersección dinámica donde se cruzaban diariamente comerciantes, pobladores, dueños de ranchos y pulperías. Y viajantes que encontraban en ellas un sitio de abastecimiento, intercambio, crédito y alojamiento. Una vitalidad fluida, por momentos arbitraria y sin plan aparente, caracterizaría el crecimiento de la zona. Este desarrollo también implicaba una amplia oferta para los ratos de ocio: como cuenta el periódico local “La Ciudad”, desde el año 1780 arrancan las noticias de las primeras corridas de toros en esta zona de Barracas al Sur. En efecto, el pulpero Gálvez, que más tarde sería arrendatario del primer puente de Barracas, tenía corral para lidiar toros en su chacra para diversión de sus amigos, dando funciones que atraían una considerable cantidad de público. Hasta bien entrado el 1800 tuvieron lugar las corridas en este lado del puente, en forma clandestina. Completaban la partida los reñideros de gallos, el juego de bochas y las carreras de sortija.

En 1822, cuando todavía se hacían sentir los ecos de las guerras de independencia, Bernardino Rivadavia dispone que las barracas y depósitos existentes alrededor de la Plaza de la Victoria, esa antigua Plaza de Mayo, fueran mudados al otro lado del Riachuelo. Así, esa que todavía no era Avellaneda formó parte desde muy temprano de un conglomerado de actividades productivas que giraban en torno al puerto de Buenos Aires, a medida que se delineaba cada vez con más fuerza esa vocación de país agroexportador. Sede del intercambio comercial entre la corriente económica del río y la ruta de las carretas del sur, Barracas al Sud constituía ya desde entonces una promesa de trabajo y hogar para cientos de hombres y mujeres.

Industrias de antaño: del saladero al frigorífico

Desde el nudo que hoy se forma al pie del actual Puente Pueyrredón, en esos metros iniciales de la Avenida Mitre y la Avenida Yrigoyen, podían divisarse hacia el año 1825 los primeros establecimientos saladeriles. Por aquel entonces, diversos viajeros europeos como Xavier Marmier y Alcides d’Orbigny dejaron testimonio en sus crónicas de la gran impresión producida por la vista de estos peculiares lugares de trabajo. La destreza de los peones faenando, los ríos de sangre vacuna que desembocaban sobre el curso del Riachuelo, el aprovechamiento de cada mínima parte del animal como producto a comerciar: la carne luego hecha tasajo y el cuero, directo para exportar, sebo para velas, jabones y aceite, residuos que se convertirían en abono. Mientras tanto un primigenio proletariado comenzaba a poblar el paisaje, entre faenas y noches de pulpería, abandonando la campaña para instalarse en rancheríos desordenados alrededor de los galpones de trabajo.

Vertiginosos cambios se avecinaban en los últimos años del siglo XIX para el área que desde 1853 ya era formalmente reconocida como Barracas al Sud. Hacia 1871, la epidemia de fiebre amarilla que asoló la ciudad de Buenos Aires y sus alrededores puso en estado de alerta a las autoridades locales y se hizo imperativo tomar medidas en materia de higiene y saneamiento para evitar la difusión de la enfermedad. De manera imprevista, una de las afectadas por estas políticas fue la pujante actividad saladeril: ese mismo año se decretó la erradicación oficial del Saladero. Y en tanto algunos pequeños empresarios optaban por soluciones de compromiso, tales como rebautizar el establecimiento con el nombre de “grasería”, otros comenzaban a buscar alternativas modernas para lograr que el negocio sobreviviera. Una combinación de ambas fue la alternativa por la que se inclinó la antigua grasería Sansinena, que hacia 1885 devino “Compañía Sansinena de Carnes Congeladas”, mejor conocida con el nombre de fantasía de “Frigorífico La Negra”, el histórico establecimiento fabril de Avellaneda. Pronto quedaría definitivamente instalado en el que fuera su emplazamiento histórico: su frente sobre avenida Pavón, de espaldas al Riachuelo, y lindando por uno de sus costados con el recientemente instalado Ferrocarril del Sud.

Cuando en 1904 se establece por Ley Nacional el nombre de Avellaneda -honrando a aquel tucumano que fuera presidente argentino entre 1874 y 1880- el municipio contaba con una diversificación industrial que incluía aserraderos y astilleros, destilerías, fábricas alimenticias, textiles, gráficas, talleres metalúrgicos y empresas de manufactura de vidrios y enlozados. Para 1914 era la mayor ciudad industrial y obrera de la Argentina.

Avellaneda obrera

El correlato de la creciente proliferación de fábricas estaba representado por los aluviones migratorios: millones de hombres y mujeres, principalmente de España, Italia y diversos países de Europa del Este, eligieron este país para afincarse en busca de mejores oportunidades de vida. Avellaneda recibió un gran número de ellos y las barriadas obreras se multiplicaron ante su presencia, muchas veces sin contar con las condiciones adecuadas para que esta incipiente clase obrera pudiera llevar adelante una existencia digna.

En las primeras décadas de ese vertiginoso siglo XX, los obreros y obreras de Avellaneda comenzaron a organizarse en su lugar de trabajo, y aunque no lograron constituir sindicatos duraderos, pudieron articular demandas concretas para mejorar su situación. Las condiciones laborales de la industria eran el eje principal de las denuncias obreras: la falta de higiene en la fábrica, la ausencia de medidas de seguridad y las extensas jornadas de trabajo eran las quejas más recurrentes por parte de los trabajadores.

La ruptura institucional que implicó el golpe de estado de José Félix Uriburu en 1930 se hizo sentir en las espaldas de aquel naciente movimiento obrero. El presidente de facto creó el puesto de Interventor Policial de Avellaneda, función que desempeñaría José W. Rosasco con el mandato expreso de “limpiar” el municipio. Bajo su mando fueron realizadas numerosas redadas, se ordenaron fusilamientos sumarios, torturas a militantes, deportación de extranjeros y el envío de militantes anarquistas al penal de Ushuaia, Tierra del Fuego.

Y por esos mismos años que la organización obrera adoptaba formas subterráneas, una nota de color alegraría la zona aunque más no fuera por una noche. Tal como refería el periódico local, el 27 de septiembre de 1933 “fue un día de excitación y nerviosismo para quienes ya se habían reunido en las instalaciones de Leales y Pampeanos, en la calle Sarmiento 37, de nuestra ciudad. Ese día las expectativas habrían de alentar una de las ambiciones más deseadas por los porteños de ley que se dedicaban a honrar diariamente a la musa del tango. Tal ambición no era otra que encontrarse en carne y hueso con uno de los sacerdotes más idolatrados del tango. Y allí hizo su aparición, en esa casa que fue y sigue siendo cuna de gauchos de estirpe, el máximo artífice y cultor del tango: Carlos Gardel.”

El 17 de octubre de 1945 en Avellaneda

El peronismo como proceso político que marcó la historia de nuestro país también estuvo ligado desde muy temprano con la participación activa de trabajadores y vecinos de Avellaneda. Para muchos historiadores, la zona sur del Gran Buenos Aires, en general, y Avellaneda, en particular, puede pensarse como un espacio clave para entender el desarrollo de esas jornadas comprendidas entre el 16 y el 18 de octubre. Por un lado es preciso retomar la histórica trayectoria de organización obrera en las industrias de la zona. Por otro, la afinidad que muchos trabajadores y trabajadoras de la Argentina experimentaron hacia Juan Domingo Perón y su labor al frente de la Secretaría de Trabajo y Previsión. La posibilidad de perder esas conquistas ganadas, ante su renuncia y posterior encarcelamiento, motivó una respuesta activa por parte de la clase obrera.

Cuentan los diarios de la época que el 16 de octubre “los obreros del frigorífico Wilson de Avellaneda, abandonaron sus tareas. De inmediato se constituyeron en manifestaciones que recorrió algunas calles vivando el nombre del ex vicepresidente de la República y solicitando su libertad… Cosa similar ocurría en las inmediaciones de los talleres de la finca Siam Di Tella de Avellaneda (…)”

Al encaminarse los trabajadores en dirección a la Capital, las fuerzas policiales dispusieron levantar los puentes. Esto sólo aguzó el ingenio popular: los manifestantes optaron por tomar los puentes ferroviarios, saltando sobre los durmientes. Los más temerarios se animaron a cruzar el Riachuelo a nado o sobre improvisadas barcazas.

La prensa refiere que “pasadas las 18, todos los obreros de Avellaneda concentrados dispusieron dividirse en dos columnas. Una de ellas formada por más de 6.000 personas, entre las que predominaban gran cantidad de mujeres, quienes iniciaron su marcha hacia esta capital, pero al llegar al puente General Uriburu, numerosa policía procuró disuadir a los manifestantes de proseguir el desfile”. Muchos retornaron hacia el centro de Avellaneda en busca de la otra columna, para reagruparse e intentar el cruce por el puente Pueyrredón, pero nuevamente la policía impidió el paso.
El 17 amaneció con la adhesión a la huelga por parte de algunas de las principales fábricas de Avellaneda: el Frigorífico La Negra, Cristalería Papini y los Talleres Metalúrgicos Tamet. También se sumaban al paro los obreros de numerosas fábricas y talleres más pequeños. En algunas estaciones eran los propios obreros ferroviarios los que paraban los trenes, como en el Ferrocarril del Sud, para cargar manifestantes y llevarlos a la Capital. Una vez allí, diversos grupos de jóvenes, entre ellos el denominado “Jóvenes Revolucionarios por la Justicia Social de Avellaneda” se organizaban para proveer de alimentos a los trabajadores y trabajadoras que decidían pernoctar en la Plaza de Mayo.
El 17 por la noche finalmente se haría presente en esa Plaza el General Perón. Las jornadas previas y los 10 años que por venir guardarían un lugar especial en el recuerdo de la clase obrera de Avellaneda.

El historiador Edgardo Cascante comenta que con posterioridad al derrocamiento de Perón, entre 1957 y 1959, los peronistas de Avellaneda acostumbraban a manifestar -siempre bajo un régimen de rígida proscripción- durante las noches de cada 17 de octubre, con gritos como “Perón Vuelve”, o “La vida por Perón”, con el agregado de petardos, barricadas y más de un tranvía incendiado en la Avenida Mitre, entre Olavarría y Ocantos.

El arraigado activismo obrero se haría sentir también cuando en mayo de 1969, al producirse el Cordobazo, numerosas manifestaciones de apoyo sindical se desplegaron por las calles de Avellaneda.

Los años ’70 fueron momentos de retracción para la industria nacional. Avellaneda lo percibiría rápidamente con los cierres de muchas de sus más emblemáticas fábricas. Este proceso se acentuó a partir de la instalación de la dictadura militar en marzo de 1976: desindustrialización, desinversión productiva e intentos de disciplinamiento de la clase obrera serían golpes contundentes para el municipio. En esta época funcionó el centro clandestino de detención conocido como “El Infierno”, instalado en la Brigada de Investigaciones de Lanús, pero con asiento en Avellaneda. La amplia mayoría de los detenidos que pasaban por ese lugar eran obreros de distintas fábricas del Gran Buenos Aires.

Las décadas del ’80 y el ’90 fueron testigo de una profundización de la grieta abierta a lo largo de la dictadura. El paisaje industrial de antaño, de productividad y organización obrera, dejaba paso a un tendal de fábricas abandonadas. Y en esa línea, los censos de la época daban cuenta de un despoblamiento creciente: aquella Avellaneda elegida por miles de familias migrantes era cosa del pasado. Este proceso de crisis económica se manifestó también en el reclamo de hombres y mujeres sin trabajo que comenzaron a organizarse en movimientos territoriales de trabajadores desocupados, con gran presencia en la zona sur del conurbano bonaerense. El clima de tensión y malestar hizo eclosión en diciembre de 2001, con la caída del presidente Fernando De la Rúa y una sucesión de gobiernos fugaces que evidenciaban la inestabilidad política nacional del momento. El 26 de junio de 2002 Avellaneda iba a ser una vez más el escenario de un acontecimiento político que se convertiría en un punto de quiebre en la coyuntura nacional. El Gobierno Nacional, al mando de Eduardo Duhalde, ordenó una 10 en la que fueron asesinados los militantes sociales Darío Santillán y Maxi Kosteki, del Movimiento de Trabajadores Desocupados, de Guernica y Lanús respectivamente, agrupados en la Coordinadora de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón. El repudio generalizado y el reclamo por justicia fueron la sentencia que puso fin a la presidencia de Duhalde.

En esos meses transcurridos de diciembre a junio de 2002, comenzaban a gestarse consignas y proyectos que tendrían profunda incidencia en el modelo de país que se avecinaba, que recuperaban antiguas tradiciones en materia de derechos humanos, civiles y laborales y que se animaban a soñar otro país posible.

Mucho tiempo pasó desde aquellas primeras Barracas al sur del Riachuelo. La historia nunca es lineal y continúa siendo fruto de las acciones humanas, de los proyectos apasionados de hombres y mujeres, de sus esperanzas e incertidumbres.
Hoy Avellaneda vive un nuevo momento de su historia y los horizontes que se traza guardan las huellas de un fascinante camino transitado.

Bibliografía:
E.Cacante, “La Crucesita de Barracas al Sud. Historia e historias.” Ed. Dunken, 2003
E.H.Puccia, “Barracas: su Historia y sus tradiciones.” Ed. Fabril Financiera, 1968
R.Tarditti et Al, “Las jornadas de Octubre de 1945. Los hechos en Avellaneda.” III Congreso de Historia de la Pcia. y de la Ciudad de Bs.As. – 2004
Fuentes:
Periódico y Anuario “La Ciudad” 1972-2005. Archivo Histórico de Avellaneda.

http://www.mda.gob.ar/home/ciudad/historia/